
Los discursos sobre la violencia ocupan un espacio
relevante en el habla de la mayoría de las personas y los medios de
comunicación. La pregunta puede ser ¿Porque de eso habla mucho la gente es que
está en los medios o porque está en los medios es que habla de eso mucho la
gente? Sin lugar a dudas que prima que la razón está en los medios, porque es
cierto que de Freud se habla, pero hablan muchísimas más personas de los que lo
leen. Cualquier clasemedia argentino tiene algo para decir sobre el
inconsciente, la certeza de qué es un perverso y la explicación por la
enfermedad para distintos conflictos sociales. Esto es lo que está presente en
el discurso de género que impera. La cuestión del ser. Es un violento. Es un
perverso. Es un acosador. ¿Por qué será que se conjuga tan poco en femenino,
cuando violencia y perversión son femeninas? ¿Son femeninas? Como está presente
la lógica del más en nuestro discurso, se las reconoce femeninas, en menos,
dicen algunos, pero Zaffaroni nos recuerda que fémina es la que amamanta.
Nos encontramos con programas para mujeres víctimas
de la violencia, pero no con programas para hombres. El único que conocí, en el
que hice prácticas profesionales universitarias, depende de la Ciudad no
autónoma de Buenos Aires, y durante años lo sostuvo el psicólogo a pulmón. Hay
una resistencia muy fuerte a tratar a los hombres denunciados. Para quienes los
consideran enfermos, les decimos: a los enfermos se les tiene que ofrecer
tratamiento. Pero hay quienes no consideramos enfermas a las personas que
realizan actos violentos, porque la violencia no es una enfermedad, no
expliquemos los conflictos sociales desde la medicina, recordemos que ahí está
el origen del poder psiquiátrico. Zaffaroni fue más lejos que Foucault,
encontró en la Inquisición el poder punitivo y al médico que levantó la mano
cuando preguntaron quién da prueba de que había que quemar a la bruja. ¡Sí, es
una maníaca! Contesto.
Sabemos de la manifestación en la violencia de
distintos conflictos sociales. Todo el arco progresista está de acuerdo en no
bajar la edad de inimputabilidad a los pibes. En no criminalizarlo, encerrarlo,
por los efectos violentos que produce la violencia social a la que es sometido.
Entonces, desde el conflicto social, entendemos que un pibe de trece años que
roba, que mata, no tiene que ir preso, porque no se le dio la posibilidad de
vivir de otra manera, entonces no podemos condenarlo. Pregunta ¿Cuándo es que
las conductas violentas de ese adolescente dejan de explicarse por los
conflictos sociales y pasa a individualizarse y lo llaman violento de género?
Si un pibe comete un acto delictivo lo explicamos por su historia pero si le
pega a la novia, que es otro hecho delictivo ¿lo explicamos porque es un
violento de género? ¿No vale más para evitar la condena su historia?
Sabemos que no todo se puede explicar por los
análisis sociológicos, así como no se puede psicologizar la sociología y la
política. Psicologizar es hacer medicina, hacer diagnósticos de enfermedad de
los conflictos sociales. Está bien hacer medicina cuando hay un enfermo, pero no para explicar la realidad. Para poder pensar la situación particular de ese hecho
violento entre al menos dos personas, tenemos que considerar también la
historia de esos sujetos, porque si no indagamos, va a ser complicado. Es
preciso generar espacios para escuchar los efectos de la violencia, tanto para
mujeres, como para hombres, porque sabemos que no es propia de un solo género. Así
como para los pibes que conviven en una familia con violencia. Porque es lo mismo que con
los que cometen hechos violentos porque no tuvieron la posibilidad de vivir de
otra manera, nadie elige por dónde entra al mundo, las criaturas que
crecen siendo golpeadas, a veces repiten lo que vivieron, como
decía Freud, que la criatura repita activamente lo que vivió pasivamente.
Desde mis once años que vengo analizando y pensando
la problemática de la violencia, desde que un día mi madre sancionó que mi
padre no me pegaría más. A partir de ese día, todo pasó a ser considerado
violencia. De pasar a explicarse lo que yo hacía “porque me pegaban”, todo pasó
a leerse entre las mujeres de mi casa como “violento”. Tuvo mucho que ver en
esto, una pésima analista que ella admiraba, por la que yo entré al
psicoanálisis, que le dijo “hasta cuándo va a sostener el techo”. Y mi vieja lo
soltó. Y el techo la aplastó. Como mi padre no se quiso ir de mi casa, la
asesoraron de que si lo acusaba de que había querido abusar de mis hermanas,
conseguiría la orden de exclusión del hogar. Lo hizo. Así como es cierto que mi
padre debería haberse ido en cuanto acordaron que se iba a ir, es cierto que
acusar de abusador a quien no lo es tiene efectos. Cuento esto porque corroboré
con mis hermanas que lo que había dicho mi madre fuese mentira y porque antes
de morirse me confesó que mintió. Pero fue toda su vida una víctima de lo que le habían hecho convencida de que ella no podía hacer nada para que las cosas fuesen de otra manera.
La cuestión es que un día pegué una trompada en la
escuela y mi madre aprovechó para sancionar esa piña como la máxima expresión
de que mi padre era un violento, lo que sabíamos todos, nunca jamás uno de mis
tíos o de los amigos de mis padres intervinieron para evitar que me golpeara.
Pase por juzgado de menores, psicólogas forenses, terapia familiar grupal, con
una pelotuda que consideraba “que había que sacar todo afuera”, mi madre no
tenía filtro, y con mis hermanas llorábamos de lo que teníamos que escuchar.
Ahí pedí terapia individual, en Casa Cuna todo esto, durante el tiempo que fui,
jamás le dije más que “no se” a la psicóloga. Necesitaba un lugar donde estar
sin miedo. La política de que todo hay que decirlo, de las de la secretaría de
la mujer de la ciudad, lograron que Nuevediario tocara el timbre de mi
casa y mi madre con mi hermana saliera en el noticiero más visto a contar que
mi padre me pegaba. Al otro día tenía que ir a la escuela. Fui. Una compañera
se acerca a decirme “vi a tu mamá en la tele”, yo negando que era mi mamá, ella
diciendo que sí, que la de al lado era mi hermana, hasta que le dije que no era
mi mamá de un modo que me contesto ¿Ah, no era tu mamá? Si lo que se quiere es
proteger a los chicos, escúchenlos, porque donde hay quienes quieren pasar a la
historia ajusticiando, hay quienes tienen que seguir con esa historia, con la
que quizá jamás logren hacer justicia.
Es preciso que nos detengamos a analizar en serio el
problema de la violencia, porque quienes tienen el poder de los medios de
comunicación, difunden discursos de la violencia, que bajan desde el norte,
donde sólo se está dispuesto a abordar la violencia de un solo lado,
especialistas en violencia laboral, violencia escolar, violencia manicomial,
violencia de género, violencia familiar, violencia infantil. ¿No es siempre la
misma violencia que se expresa en distintos espacios? Bien puesto está el
nombre de la Fiscalía contra la Violencia Institucional. Porque la violencia
está instituida. Es parte. Entonces no se trata de andar cosificando, haciendo
proyecciones futurísticas de que si porque cometió un hecho violento es un
violento y será un violento de por vida, “porque está enfermo”, y después no
ofrecer tratamiento a los que se consideran enfermo, un modo de justicia por
mano propia, que dista mucho de una política sanitaria. ¿O no es que a los
enfermos no se los puede dejar sin tratamiento?
Sabemos que la violencia es la imposibilidad de
tramitar algo por vía de lo simbólico. Donde termina la palabra comienza la
violencia, decía Lacan. Freud señalo que cuando uno respondió con una puteada,
en vez de con una flecha, comenzó la civilización. ¿La civilización no tira
flechas? Sabemos que un sujeto confronta con situaciones en las que no tiene
palabras con las que responder y no encuentra otra respuesta que la acción. Por
eso en ciertas situaciones podemos comprender la violencia. La violencia pone
en cuestión el discurso que sostiene nuestras relaciones sociales. ¿Nunca
matar? ¿Nunca pegar? Sabemos que los nunca se sostienen como imposibilidad. Lo
que sí, nunca, como dijo el Subcomandante Marcos, poner al otro en el lugar de
víctima, porque del lugar de víctima es difícil salir. "Pero el MAL no es una entidad, un demonio perverso y maléfico que busca cuerpos que poseer y, con ellos como instrumento, hacer maldades, crímenes, asesinatos, programas económicos, fraudes, campos de concentración, guerras santas, leyes, juzgados, hornos crematorios, canales de televisión. No, el MAL es una relación, es una posición frente al otro. Es también una elección. El MAL es elegir el MAL. Elegir ser el MALO frente al otro. Convertirse, por elección propia, en verdugo. Convertir al otro en víctima." Subco